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ESCUCHAR (Voz de Rafael de Penagos):
Tú,
Platero, no has subido nunca a la azotea. No puedes saber qué
honda respiración ensancha el pecho, cuando al salir a ella de
la escalerilla oscura de madera, se siente uno quemado en el
sol pleno del día, anegado de azul como al lado mismo del
cielo, ciego del blancor de la cal, con la que, como sabes, se
da al suelo de ladrillo para que venga limpia al aljibe el agua
de las nubes.
¡Qué encanto el de la azotea! Las campanas de la torre
están sonando en nuestro pecho,al nivel de nuestro corazón,
que late fuerte; se ven brillar, lejos, en las viñas,
losazadones, con una chispa de plata y sol; se domina todo: las
otras azoteas, los corrales, donde la gente, olvidada, se
afana, cada uno en lo suyo - el sillero, el pintor, el tonelero
_; las manchas de arbolado de los corralones, con el toro o la
cabra; el cementerio, a donde a veces, llega, pequeñito,
apretado y negro, un inadvertido entierro de tercera; ventanas
con una muchacha en camisa que se peina, descuidada, cantando;
el rio, con un barco que no acaba de entrar; graneros, donde un
músico solitario ensaya el cornetín, o donde el amor violento
hace, redondo, ciego y cerrado, de las suyas.
La
casa desaparece como un sotano. ¡Qué extraña, por la montera
de cristales, la vida ordinaria de abajo: las palabras, los
ruidos, el jardín mismo, tan bello desde él; tú, Platero,
bebiendo en el pilón, sin verme, o jugando, como un tonto, con
el gorrión o la tortuga,
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