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C A P Í T U L O  I  .P L A T E R O  
 

ESCUCHAR (Voz de Rafael de Penagos):

        Platero es pequeño, peludo, suave ; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Solo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozando- las apenas, las florecíllas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: "¿platero?" , y viene á mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...

Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel...

Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco como de piedra. Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se que mirándolo: ---- Tien` asero.... Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.

          

 
     
      
C A P Í T U L O  XII  .LA PÚA  
 

        

ESCUCHAR (Voz de Rafael de Penagos):

        Entrando en la dehesa de los Caballos, Platero ha comenzado a cojear. Me he echado al suelo

--- Pero, hombre, ¿que te pasa?

Platero ha dejado la mano derecha un poco levantada, mostrando la ranilla, sin fuerza y sin peso, sin tocar casi con el casco la arena ardiente del camino.

Con una solicitud mayor, sin duda, que la del viejo Darbón, su medico, le he doblado la mano y le he mirado la ranilla roja. Una púa larga y verde, de naranjo sano, está clavada en ella como un redondo puñalito de esmeralda. Estremecido del dolor de Platero, he tirado de la púa; y me lo he llevado al pobre al arroyo de los lirios amarillos, para que el agua corriente le lama, con su larga lengua pura, la heridilla

Después, hemos seguido hacia la mar blanca, yo delante, él detrás, cojeando todavía y dándome suaves topadas en la espalda...


          

 
     
      
C A P Í T U L O  XXI  .LA AZOTEA  
 

        

ESCUCHAR (Voz de Rafael de Penagos):

        Tú, Platero, no has subido nunca a la azotea. No puedes saber qué honda respiración ensancha el pecho, cuando al salir a ella de la escalerilla oscura de madera, se siente uno quemado en el sol pleno del día, anegado de azul como al lado mismo del cielo, ciego del blancor de la cal, con la que, como sabes, se da al suelo de ladrillo para que venga limpia al aljibe el agua de las nubes. 

    ¡Qué encanto el  de la azotea! Las campanas de la torre están sonando en nuestro pecho,al nivel de nuestro corazón, que late fuerte; se  ven brillar, lejos, en las viñas, losazadones, con una chispa de plata y sol; se domina todo: las otras azoteas, los corrales, donde la gente, olvidada, se afana, cada uno en lo suyo - el sillero, el pintor, el tonelero _; las manchas de arbolado de los corralones, con el toro o la cabra; el cementerio, a donde a veces, llega, pequeñito, apretado y negro, un inadvertido entierro de tercera; ventanas con una muchacha en camisa que se peina, descuidada, cantando; el rio, con un barco que no acaba de entrar; graneros, donde un músico solitario ensaya el cornetín, o donde el amor violento hace, redondo, ciego y cerrado, de las suyas.

   La casa desaparece como un sotano. ¡Qué extraña, por la montera de cristales, la vida ordinaria de abajo: las palabras, los ruidos, el jardín mismo, tan bello desde él; tú, Platero, bebiendo en el pilón, sin verme, o jugando, como un tonto, con el gorrión o la tortuga,

 

          

 
     
      
C A P Í T U L O  XXXI  .LA NIÑA CHICA  
 

        

ESCUCHAR (Voz de Rafael de Penagos):

        La niña chica era la gloria de Platero . En cuanto la veía venir hacia él, entre las lilas, con su vestidillo blanco y su sombrero de arroz, llamándolo dengosa: --¡Platero, Platerillo! --, el asnucho quería partir la cuerda, y saltaba igual que un niño, y rebuznaba loco.

Ella , en una confianza ciega, pasaba una y otra vez bajo él, y le pegaba pataditas, y le dejaba la mano, nardo cándido, en aquella bocaza rosa, almenada de grandes dientes amarillos; o, cogiéndole las orejas, que él ponía a su alcance, lo llamaba con todas las variaciones mimosas de su nombre: --¡Platero! ¡Platerón! ¡Platerillo! ¡Platerete! ¡Platerucho!

En los largos días en que la niña navegó en su cuna a´ba, rio abajo, hacia la muerte, nadie se acordaba de Platero. Ella, en su delirio, lo llamaba triste: ¡Plateriiillo...! Desde la casa oscura y llena de suspiros, se oía, a veces, la lejana llamada lastimera del amigo. ¡Oh estío melancólico!

¡Que lujo puso Dios en tí, tarde del entierro! Septiembre, rosa y oro, como ahora, declinaba. Desde el cementerio, ¡como resonaba la campana de vuelta en el ocaso abierto, camino de la gloria...! Volví por las tapias, solo y mustio, entré en la casa por la puerta del corral y, huyendo de los hombres, me fui a la cuadra y me senté a pensar, con Platero.

(La muerte de su sobrina Pepa, le conmovió profundamente.)


          

 
     

 

      
C A P Í T U L O  CII  .EL SUSTO  
 

        

ESCUCHAR (Voz de Rafael de Penagos):

        Era la comida de los niños. Soñaba la lámpara su rosada lumbre tibia sobre el mantel de nieve, y los jeranios rojos y las pintadas manzanas coloreaban de una aspera alegría fuerte aquel sencillo idilio de caras inocentes. Las niñas comian como mujeres; los niños discutian como algunos hombres. Al fondo, dando el pecho blanco al pequeñuelo, la madre, joven, rubia y bella, los miraba sonriendo. Por la ventana del jardín, la clara noche de estrellas temblaba, dura y fria.

      De pronto, Blanca huyó, como un debil rayo, a los brazos de la madre. Hubo un súbito silencio, y luego, en un estrepito de sillas caidas, todos corrieron tras de ella, con un raudo alborotar, mirando espantados a la ventana.

      ¡ El tonto de Platero! Puesta en el cristal su cabezota blanca, agigantada por la sombra, los cristales y el miedo, contemplaba, quieto y triste, el dulce comedor encendido.

¡

         

 
     
 
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